Nunca le negué nada a mi abuela
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Nunca le negué nada a mi abuela

No me arrepiento y jamás lo haré. Estaba consciente del daño que le podría hacer a mi abuela, pero un tiempo le negué cierto tipo de alimentos debido a su enfermedad, incluso ella se esforzó en demasía para llevar una dieta sana, pero en cada consulta nos decían que su estado estaba empeorando o se mantenía igual que antes. Ante este tipo de noticias, mi viejita decaía de ánimo y no quería ya comer o sólo deseaba estar recostada. Yo no soportaba el verla así, por lo que fui a preguntarle cuál era su deseo, cómo quería vivir, qué sentía. Ella me volteó a ver, como quien mira a alguien que entiende por lo que está pasando, y me dijo que si se iba a morir que quería hacerlo sin privaciones, pues lo comido y lo bebido nadie se lo iba a quitar en la tumba.

Desde ese momento decidí darle ciertos gustos, a sabiendas que algunos de los alimentos que le estaba dando le subirían su azúcar y la diabetes o el pie diabético que padecía podrían empeorar. A cambio de no acatar las reglas de los doctores en el ámbito alimenticio, le pedí de favor que siguiera haciendo el esfuerzo de caminar dos o tres veces por semana, y que mantuviera su mente activa con los juegos de mesa o libros de colorear que le regalé. “Unas por otras”, me decía mientras le pegaba una gran mordida a un chocolate.

Irónicamente era más feliz sin las restricciones impuestas por los médicos, aunque seguía padeciendo de algunos dolores, al parecer ya no eran tan críticos pues no la escuchábamos quejarse como antes. Seguía tomándose sus medicamentos, esos sí al pie de la letra, sin saltarse uno solo. Salíamos a caminar un par de días a la semana, y cuando no tenía ganas de hacerlo, caminábamos dentro de la casa, además coloreaba como nunca antes, incluso la caché cuando rellenaba un caballito de mar mientras degustaba un pan de dulce que había escondido, yo sólo la veía con una gran sonrisa, para mí eso era una buena calidad de vida.

Pero el momento que todos esperábamos llegó, tres años después de que comenzamos a quebrantar la ley médica, mi abuelita falleció, perdió la batalla contra la diabetes, aunque en los doctores nos dijeron que había sido una complicación cardiorrespiratoria, así que no tengo idea si estuvo relacionado con su azúcar, pero por un momento me sentí culpable. Pensé que quizá pudo haber vivido más si hubiéramos seguido las indicaciones y no nos hubiéramos convertido en criminales de los alimentos. “Si me voy a morir, quiero hacerlo feliz”, “Tanto me esfuerzo para estar igual o peor, me voy a morir de todos modos pero muriéndome de hambre”, fueron algunas de las frases que ella me decía, pero no servían de consuelo. Un coro recitaba en mi mente: ¡Culpable! ¡Culpable! ¡A la hoguera!

Será una batalla hasta el final de mis días, una parte de mí cree que hizo lo correcto y le brindó felicidad a sus últimos años de vida, pero el lado opuesto siempre me culpará por haber roto las reglas.