Mi infancia fue un infierno
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Mi infancia fue un infierno

Mientras algunas personas recuerdan su infancia como la mejor etapa de su vida, otras no logran recordar tanto como les gustaría por su baja capacidad en memoria o simplemente porque pasaron sin pena ni gloria, yo prefiero enterrarla en el fondo de mi ser para no tener que repetir escenas que fueron un verdadero infierno. Quizá esté exagerando, pero los seis años de primaria no había día en el que quisiera dejar este mundo o crecer lo más rápido posible.

Los niños son crueles y me lo demostraron. Además la vida no tuvo piedad de mí. Yo era un niño muy flaquito y de estatura baja, además usaba lentes grandes, me peinaba a la Benito Juárez y, para acabarla de amolar, usaba un aparato en la cara para que mi quijada se acomodara. Lo sé, ya te estás riendo y ni siquiera me conoces. Pero lo aceptó, tenía toda la pinta del clásico niño nerd al que todos molestaban, al que le quitaban su lunch, al que le bajaban los pantalones en medio del patio, entre otras muchas otras maldades que pueden traumar a cualquier infante.

Tengo tantas anécdotas que podría contarles para que se mueran de risa, aunque para mí significaron días enteros de lágrimas, pero no lo haré, sólo les contaré la peor de ellas y que me hizo pensar seriamente en ponerle fin a mi vida. Pasó cuando tenía 10 años y me encontraba en quinto de primaria. En el salón había de esos pupitres que estaban conformados por dos sillas y una mesa, así que la compartías con alguno de los compañeritos. Siempre me sentaba al lado de una niña, Fernanda, quien era de las más inteligentes de la clase. No era muy bonita pero su inteligencia lo compensaba. Era una de mis pocas amigas, o quizá sólo una compañera con la que hablaba. Pero eso se terminó después de la mala jugada que me hicieron.

Fer y yo éramos los primeros en llegar a clase y aprovechábamos para platicar y reír un rato contándonos chistes o lo que hicimos la tarde anterior. Ese día dos chicos de los que siempre me molestaban llegaron después de nosotros, caso raro en ellos. Quizá tenían todo planeado o el destino los guio a ese momento y a ese lugar. Cuando mi amiga se levantó de su asiento para sacar unas cosas de su mochila, uno de los compañeros se acercó y en un movimiento tan veloz que ni siquiera lo vi venir, le levantó la falda y se alejó para hacerse el que estaba platicando. Así que el único que estaba detrás de Fernanda y que pudo haberle levantado la falda era yo. Se enfureció tanto que me soltó una cachetada y salió corriendo del salón llorando. No tardó mucho tiempo en volver con la directora, quien me dirigió a su oficina. Antes de abandonar el salón y mientras los otros dos compañeros se reían, intenté explicarle a Fernanda que no había sido yo, pero no me dejó y sólo respondió que no quería volver a hablar conmigo.

La directora tampoco me creyó, pues la forma en que se lo contó Fer, una alumna ejemplar, ponía todo en mi contra, así que me suspendieron una semana. Mi madre al enterarse no sabía si creerme, pero me dio el beneficio de la duda, mientras mi padre decidió que era culpable y me pegó como nunca antes lo había hecho.

A veces el hecho de estar en el momento y lugar equivocados puede significar el peor día de tu vida.