El último suspiro
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El último suspiro

Nunca había celebrado el 14 de febrero, durante toda mi vida había sido un día más del año, incluso cuando tenía pareja les comentaba que no los festejaba, que no tenía relevancia para mí. Algunas lo aceptaban, otras se molestaban, pero al final me mantenía firme en mis convicciones. Quizá aún no llegaba la persona que me motivara a tal grado de dejar de lado mi orgullo y hacer planes para el llamado Día del Amor y la Amistad. Ella llegó en 2016, la conocí en una reunión con unos amigos y sin pensarlo dos veces me acerque a hablarle. Era muy bella y tenía una personalidad extraordinaria, como pocas. Ávida de conocimiento, llena de alegría, simple, sencilla, modesta y muy risueña. Cuando sonríe ilumina mi vida, y mañana será el último que ilumine, aunque ella no lo sabe aún.

El pasado 14 de febrero fue el primer Día de San Valentín que decidí celebrarlo. Sorprendí a mi novia reservando en uno de sus restaurantes favoritos, en una mesa adornada para la ocasión. ¿Por qué lo hice? Porque era lo menos que podía hacer por ella después de tan bellos momentos. Pero el destino no quería que fuera felicidad ese día, como si me estuviera castigando por refunfuñar todos los años por el día de los enamorados. A mitad de la cena, cuando todo era romanticismo y amor flotando por el lugar, una punzada en el pecho, seguida de un dolor profundo comenzó a oprimirme el corazón y no era producto de nuestro amor. Traté de resistir, pensando que en unos minutos pasaría, intenté levantarme para ir al baño, pero al ponerme de pie, me desplomé del dolor y no recuerdo más.

Desperté en una cama de hospital, acompañado por mi novia y mis padres. Todos tenían los ojos rojos de haber estado llorando toda la madrugada. Un doctor entró para revisar mis signos vitales y me comentó que después de hacerme un ecocardiograma encontraron que tengo una deficiencia en una aorta, por lo que debía operarme para prevenir otra situación como la vivida una noche anterior. Me operaron, estuve bien por algunos meses, pero el dolor volvió y con mayor fuerza. Era insoportable, quería sacarme el corazón. Volví al hospital y me hicieron una infinidad de estudios, hasta que descubrieron que se trataba de una enfermedad autoinmune que laceraba mis aortas y llegó la peor noticia: no había cura. Podían alargar mi vida con operaciones, pero sólo sería darme unos meses de tranquilidad, hasta que no funcionaran y sean días u horas nada más de paz. Entonces me negué a ser intervenido y acepté mi destino.

A casi un año de la detección de mi enfermedad, sufro ataques constantemente y tras el último sucedido hace un par de días, el doctor me dijo que en estos días sufriré uno más, pues los medicamentos ya no están funcionando, y que sería el último. Hoy estoy a la espera de que llegué ese momento y no quiero que sepa mi novia, no quiero que me vea dar mi último suspiro de amor por ella, prefiero que se quede con lo mejor que hemos vivido.